Eugenesia.
Noviembre 20, 2009
Tengo que correr. Tengo que correr. No puedo parar. Me tropiezo. Algo suena a roto. Me acabo de clavar unos cristales en la palma de mi mano derecha. Me levanto. No puedo parar. No debo parar. Otro callejón. Este es aún más largo que el anterior. Miro mi mano. La sangre me brota con suavidad. Una gota de sangre recorre mi dedo meñique. Su movimiento es lento, inusualmente sensual, un poco hipnótico. Silencio. Sólo oigo los latidos de mi corazón. No debo parar. Tengo que correr. El callejón no se acaba. Las paredes están sucias y el suelo está lleno de cristales. Mi corazón. Mi corazón se ha parado. No. Yo me he parado. No puedo correr. He llegado al final del callejón. No veo el final del muro. No hay nada que me ayude a saltarlo. No hay nadie a quien pedir ayuda. Oigo sus pasos. Le busco con la mirada, pero todo está demasiado oscuro. No veo nada. Oigo los cristales rotos bajo sus pies. Noto su aliento en mi nuca. Levanto mi mano derecha. Empiezo a lamer mi dedo meñique. Sus manos me agarran por el cuello. Primero con suavidad. Me aparta el pelo. Sus dedos empiezan a trenzarse en mi cuello. Y empieza a apretar. Un poco más. Un poco más. Y más. Cada vez más fuerte. Ya no oigo nada. Mi corazón se ha parado. Mis rodillas tocan el suelo.
- ¡MIERDA!
Me levanto bruscamente. Me apoyo contra la pared. Una gota de sudor frío recorre mi espalda.Una vez más me cuesta reconocer donde estoy.
- Sólo ha sido un sueño, sólo ha sido…
Otra pesadilla. Otra puta pesadilla más. Hace meses que empecé a contarlas. Y hace días que arranqué esas hojas de mi moleskine y les prendí fuego.
- Mierda, joder. Ya vale. ¡YA VALE!
Tengo ganas de llorar. Tengo unas horribles ganas de llorar. Pero no lo voy a hacer. Hoy no. No lo voy a hacer. Hoy no.
Suena el despertador. Lo apago. Me siento en la cama. Miro al frente. Pienso en arrancarme una uña. La del dedo anular izquierdo.
- Necesito sentir algo. Algo que no sea esto.
Entro en el baño. Evito mirarme al espejo y meto mi camiseta en el cesto de la ropa sucia. Me quito las bragas. Abro el grifo de la ducha. Primero caliente. Luego fría. Cada vez más fría. Me siento en el suelo. Las gotas de agua son puro dolor. Puro dolor que cae del cielo. Y me pongo a llorar.
- Hola.
Ese hola tan seco me dice que ella tampoco tiene un buen día.
- Hola. ¿Qué tal tu día?
Hace casi un mes que fuerzo conversaciones con ella. Conversaciones de este tipo. Conversaciones que detesto. Pero pese a todo me enseñó a ser una persona educada y, dado que me está pagando la carrera, creo que es lo menos que puedo hacer. Y sí, este sentimiento de absurda culpa también me lo inculcó ella.
- Bien. Sin más.
- ¿Mucho trabajo?
- Sí, bueno, no. Bueno, algo.
- Bueno, eso está bien ¿no?
- Sí. Supongo que sí.
Me acabo de dar cuenta de que, desde que ha llegado, no me ha mirado una sola vez.
- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo?
- No… No me pasa nada.
Y sigue mirando al vacío. Al puro vacío que ofrece la encimera de granito negro que elegí cuando tenía 12 años.
- Bueno, ¿qué comemos?
Sí. Lo sigo intentando. Y sigo fracasando.
- No sé. Me voy a hacer una ensalada. Tú hazte lo que quieras. -me dice mientras sigue mirando al vacío.
Una vez leí que nadie puede estar vivo y muerto a la vez. Uno tiene que elegir. Estar muerto. O estar vivo. Ahora mismo, en este preciso momento, mi madre es el gato de Schrödinger.
- ¿Seguro que no te pasa nada? Estás muy, estás como muy perdida. ¿Qué ocurre?
- Nada. Ya te he dicho que nada.
- Pero no me lo creo. ¿Por qué no me lo cuentas? Igual te viene bien desahogarte y… Te estás poniendo… Oye, te estás poniendo muy blanca. ¿Qué te pasa? ¡Eh! ¡Oye! ¡Eh!
Mi madre está en el suelo. El tenedor aún no ha dejado de hacer ruido en el plato. Y yo aún estoy removiendo mi sopa con la cuchara sin darme cuenta.
- ¿Eres familiar suyo?
- Sí, soy su hija.
- Bien, ven conmigo.
Odio los hospitales. No sé cuantas horas llevo haciendo un esfuerzo enorme por no perder el sentido y acabar abriéndome la cabeza contra alguna silla, papelera o camilla entre personas a las que o bien les comen las anginas, o la cirrosis, o les sangra el globo ocular derecho.
- Ya está estabilizada. Puedes hablar con ella si quieres, pero procura que no se altere mucho. En seguida vendrá el doctor a hablar con vosotras.
- Vale. Gracias.
Me quedo frente a la puerta. Mi mano está cerca de la manilla, pero no llego a tocarla. Doy un paso atrás. Y otro. Y otro más. Cuando me doy cuenta estoy fuera del hospital con una mano atándome el abrigo y con la otra buscando un cigarro. Mientras me lo enciendo oigo sirenas y una ambulancia frena forzosamente frente a mí. El tío de la camilla está perdiendo mucha sangre. Y a la camilla se le sale una rueda. Los enfermeros gritan. El celador grita. El médico grita. Yo me agacho a recoger la rueda, que se ha parado justo entre mis botas, y uno de los enfermeros me grita algo que no soy capaz de entender entre tanto barullo. Me acerco con la rueda en la mano y, no sé cómo, un chorro de sangre me salpica en la cara. Uno de los enfermeros me vuelve a gritar. Le doy la rueda y se llevan al moribundo.
Vuelvo a la sala de espera y me siento.
- ¡Madre mía! ¿¡Qué te ha pasado?!
Es la enfermera sexy a la que le falta parte del brazo derecho. Que yo recuerde me ha atendido unas seis veces en el último año. Ella es la única persona que ha conseguido pincharme estando yo consciente. Eso es casi un milagro.
- ¡Oye! ¿Estás bien? ¿Qué te ocurre?
Se me había olvidado que tengo la cara llena de sangre. Y el cigarro también.
- He decidido que voy a dejar de fumar.
No love lost.
Agosto 23, 2009
¿Habrá sido feliz? ¿Saben los conejos lo que es ser feliz?- pienso mientras le meto el hígado con el dedo índice de mi mano derecha en su estómago abierto.
El proceso es sencillo, pero no resulta agradable. Al menos para mí. Es como son todas las cosas sencillas, o al menos la mayoría, desagradables.
Coges el conejo, lo subes a la báscula, compruebas su peso, le miras el hígado, que debe estar limpio, luego le miras el culo, no debe tener mierda. Si todo está bien, lo pones en la caja junto a los otros. Cinco conejos muertos en una caja negra. Cada uno detrás del otro. Como en un trenecito. Todos con las órbitas destrozadas y los ojos inyectados en sangre, si alguno tiene la lengua fuera puede dar la impresión de que le gusta el tema.
Paso una media de un mes y medio al año haciendo esto desde que tengo 12 años. ¿Qué clase de infancia se puede tener cuando te pasas todos los veranos metiendo el hígado y limpiando el culo a los primos muertos de Roger Rabbit? ¿Qué clase de infancia puedes tener cuando tu padre te hace llevar a diez corderos al matadero con sólo 12 años? ¿Qué clase de infancia se puede tener cuando ves a un tío embutido en un traje especial que electrocuta conejos en una plancha de metal? Una clase de infancia por la que tu psiquiatra te pregunta una y mil veces ya que tú eres incapaz de decirle si quieres o no quieres a tus padres, si crees que tus padres son responsables de alguno de tus actuales problemas, si crees que deberían ir a entrevistarse con ella, si ellos saben que estás visitando a un psiquiatra, y muchas preguntas más relacionadas con las personas que tú crees que por error decidieron darte la vida. La vida. El peor regalo que te han hecho nunca. Quizá sea esa la razón de que seas incapaz de poner una buena cara, o al menos una cara normal, cuando alguien te hace un regalo.
Conejo sin hiel. Hígado dentro. Culo limpio. A la caja. Siguiente.
¿Se preocupan los conejos por su pareja? ¿Se enamoran? ¿Follan con amor?- una caja llena.
Siempre he sido consciente de mi insoportable incapacidad para mantener una relación normal con alguien. Todo lo que pueda rodear a la palabra amor me aterra de tal modo que tengo que huir. Aunque duela. Aunque haga daño. Aunque no quiera hacerlo. Aunque no quieran que lo haga. Mi psiquiatra dice que hay personas que son incapaces de comprometerse y luego me pregunta por la relación de mis padres. Le digo que siempre han sido una pareja disfuncional, que yo no entiendo nada y que no me preocupo por ello. Cuando me pregunta porque los llamo disfuncionales le digo que no conozco otra palabra que defina mejor el hecho de que se separaran para acabar viviendo juntos bajo el mismo techo y 9 años después des-separarse, si es que esa palabra existe. Noto cierto asombro en el rostro de mi psiquiatra, asombro que esconde satisfactoriamente, y luego me pregunta si creo que son felices. Respondo con un rotundo no.
Conejo sin hiel. Hígado dentro. Culo limpio. A la caja. Siguiente.
¿Conviven los conejos con sus pareja? ¿Hasta el fin de sus días?- otro conejo con la lengua fuera.
Durante cierto tiempo conviví con una persona. Se podría decir que fue breve, aunque ahora lo recuerde como algo excesivamente prolongado, y complicado, aunque ahora piense que fue tan sencillo que no sé porqué no fui capaz de darme cuenta de que no funcionaba. Me asustan las cosas sencillas. No puedo evitar pensar que si algo va bien, es por una razón oculta que no conozco, que es un engaño. Mi psiquiatra me pregunta si mis padres ocultaban su disfuncionalidad a la gente. Respondo con un sí en mayúsculas. Me pregunta que ocultaban. Respondo con un todo, en mayúsculas.
Conejo sin hiel. Hígado dentro. Culo sucio. Le limpio el culo. A la caja. Siguiente.
¿Son infieles los conejos? ¿Tienen una adolescencia lasciva?- conejos muertos haciendo el trenecito en una caja negra.
Durante el tiempo que mis padres estuvieron separados, pero conviviendo juntos, tuvieron alguna que otra relación esporádica con diferentes personas. Nunca trataron de que conociera a alguna de esas personas. Lo más cerca que estuve de conocer a un polvo de mi madre fue un domingo por la mañana en la cocina. Me despertó el olor a tostadas del desayuno que luego llevó a mi madre a la cama. Mi psiquiatra me pregunta si aquello me molestaba. Le digo que no, que dejé de hacerme responsable de los actos de mis padres cuando me dí cuenta de que había madurado más que ellos. Me pregunta cuando fue eso. Le digo que cuando tenía catorce años. Luego me pregunta si todo aquello me afectó de algún modo en mi sexualidad. Le miro. No respondo. Me pregunta como han sido mis relaciones, haciendo hincapié en el tema sexual. Le respondo que nadie me ha llevado el desayuno a la cama. Me pregunta porqué. Le respondo que nunca me he quedado en la cama de nadie hasta el amanecer.
Conejo sin hiel. Hígado dentro. Culo limpio. A la caja. Siguiente.
¿Llevarán los conejos el desayuno para su pareja a las conejeras? ¿Harán tostadas los conejos?- en una caja negra.
Hace cosa de un mes y medio que volví a casa de mis padres para pasar el verano. Nada más llegar tuve que sacar las cosas de una maleta para meterlas en otra. Mi madre había reservado una habitación en un hotel de la costa para pasar unos días conmigo. A los dos días de sol, calor, playa y paellas, mientras jugábamos a las cartas a altas horas de la madrugada, me enteré por un comentario fugaz de que mis padres ya no estaban separados. En mis manos tenía un menos diez del que no me percaté debido al shock de la noticia. Así fue como perdí la partida, cogí el tabaco y me fui a la playa. Mi psiquiatra me pregunta si me molesta que mis padres estén juntos de nuevo. Le recuerdo que dejé de preocuparme por sus asuntos personales hace casi diez años. Me pregunta cuales creo que han podido ser las razones para que tomaran esa decisión. Le digo que eso desgrava a hacienda. Me pregunta si creo que puede haber alguna otra razón. Respondo que no lo sé, y que tampoco me importa. Silencio. Le miro. Me pregunta con la mirada fija si creo en el amor. Le respondo que no. Me pregunta si quise a la persona con la que conviví. Le respondo que hablar de ello sería mentir constantemente. Me pregunta si he querido a alguien más. Le respondo que no creo que sea capaz de querer a alguien. Me pregunta por mi estado actual. Le respondo que hay alguien, pero que me he comprado una mochila nueva. De nuevo esconde su asombro con eficacia y me pregunta qué representa para mí la mochila. Le respondo con la palabra fuga.
Conejo sin hiel. Hígado dentro. Culo limpio. A la caja.
¿Tendrán los conejos su propia mochila?- tres cajas negras llenas de conejos muertos rumbo a la cámara frigorífica.
Bad things.
Mayo 13, 2009
El sol me está dando de pleno en los ojos. No vivo en una ciudad en la que la presencia del sol sea una constante pero aún así no soporto el hecho de cruzarme de frente con él. Recuerdo que cuando era pequeña me resultaba aún más incómodo debido a que mis ojos eran más claros. En esa época solía robarle las Ray-Ban a mi padre. Las mismas Ray-Ban que me acabo de poner. Enormes y torcidas. Tienen cierto encanto incómodo.
Esta es mi primera vez. Llevo toda la vida preguntándome cual sería la canción que elegiría para este momento. Mi padre se estrenó con los Dire Straits. “Sultans of swing”. Mi madre lo hizo con The Police. Probablemente con “Roxanne”. No lo tengo muy claro. Y tampoco tengo tiempo ni ganas de preguntárselo.
Me subo las Ray-Ban con el dedo índice de mi mano derecha. Enciendo el zippo que mi padre consiguió como fruto de uno de sus múltiples trapicheos mientras estaba en la mili. Me enciendo un cigarro. Uno de mis mayores placeres durante años ha sido el momento en el que doy la primera calada. Sé que no es la única que daré hasta acabar con esa barra de nicotina empapelada, pero la primera siempre me hace sentir como si estuviera violando un cáncer. Un cáncer virgen.
Bueno, aquí estoy. Sentada. Mirando al horizonte a través de unas Ray-Ban con un cigarrillo en mi mano derecha. No creo que sea capaz de decir cuántos años llevo esperando este momento. Lo que nunca imaginé es que me preocuparía por saber si llevo bien pintados los labios. Es algo que nunca se me ha dado bien y algo a lo que nunca he dado gran importancia. Mis labios han sido siempre lo que más me ha gustado de mí. Físicamente. No me gustaría tener que arruinar eso por salirme demasiado en algún borde.
No sé cuánto tiempo llevo esperando este momento. Y sigo sin saber que canción lo acompañará. Para cualquier otra persona esto no supondría una mierda, pero para alguien como yo, elegir la canción adecuada para cada momento es casi una obligación. Digamos que es mi TOC personal.
Pensemos. Hace calor, tengo unas Ray-Ban, un zippo y una botella de whisky a mi derecha.
Country.
Introduzco la llave en el contacto. Le doy al play. Miro a mí alrededor. No hay nada. No hay nadie. Es perfecto.
When you came in, the air went out.
And every shadow filled up with doubt.
180km/h. Es la primera vez que conduzco y acabo de descubrir que la velocidad me excita. Ojalá tuviera alguna mano entre mis piernas ahora mismo.
Doy un trago a la botella de whisky.
¡Esta es por ti papá!- grito.
No sé cuantas horas habré pasado aquí. Probablemente la mitad de mi vida. Mis padres solían meterme en el coche cuando era un bebé y no paraba de llorar. Solían meterse por los caminos más jodidos y menos asfaltados. Eso me calmaba. Me tranquilizaba. Hacía que dejara de llorar y me quedara dormida. Siempre llevaban la misma cinta en el coche. Era la cinta. Dire Straits y Police. Baches y puestas de sol.
Siempre me ha gustado viajar en coche. Todos mis veranos están basados en carreteras interminables, en puestas de sol a través de la ventanilla aderezadas con alguna que otra colilla que mi padre dejaba escapar intencionadamente entre sus dedos. Pero sé que el mejor recuerdo que guardo de esto, lo que me ha hecho apreciar siempre las interminables horas en el asiento trasero del coche es que durante esas horas, mi padre no me daba palizas.
Doy otro trago a la botella de whisky.
Este es por aquella vez que hiciste que me meara encima sólo con mirarme.-susurro.
I don’t know who you think you are,
But before the night is through,
I wanna do bad things with you.
Creo que estoy lo suficientemente lejos de todo. Y de todos. Miro alrededor. Nada. Nadie. Es perfecto.
Aparco en el bordillo de esta carretera de mala muerte. Salgo del coche. Vuelvo a mirar a mí alrededor.
Hemos llegado.- digo.
Me enciendo un cigarro y me apoyo en la puerta. Me gusta esta canción.
Una pena que no sea de los Dire Straits ¿eh?- pregunto.
Sí. Una pena.
Me acerco al maletero. Tiro el cigarro al suelo. Lo abro.
Una vieja máquina de escribir. Un par de botellas de whisky vacías. Unas botas. Un botiquín. Una rueda de recambio. Un gato. Y tú.
¿Qué tal el viaje? ¿Muy incómodo? Espero no haber pillado muchos baches.- digo.
No respondes. No me importa.
Sabes, durante mucho tiempo he pensado en este momento. Me ha resultado increíblemente difícil elegir la canción adecuada. Ya sabes cómo soy para las cosas importantes, siempre tienen que tener una buena banda sonora. Para mí es muy importante acertar. Me ayuda a saborear esos momentos una y otra vez. Pero bueno, dejemos de hablar de mí. Hablemos de ti. Veamos… Tienes 46 años. Un trabajo estable. Una casa. Y una mujer que ha seguido a tu lado pese a todas las dificultades. También tienes una hija. ¿Cómo es? ¿Es feliz? ¿Le conoces bien? No, ¿verdad? Bueno, hoy la has conocido un poco más. Hoy la has probado. Dime, ¿te ha gustado su sabor? ¿Era como te lo imaginabas? Demasiado ácido ¿quizás? Dime, ¿ha salido todo como esperabas? No. A eso no hace falta que me respondas. Porque ya sé lo que me vas a decir. No. Una pena, ¿no? ¿Qué ha salido mal?- pregunto.
Recuerdo la primera vez que mi padre me enseñó a disparar. Me regaló una pequeña escopeta. La misma que su padre le regaló a él cuando era pequeño. Fuimos a un descampado. Sólo había un árbol, bastante destrozado. Sus ramas caídas se convertían en raíces superficiales. Y en una de ellas mi padre colocó tres latas.
Prueba.- me dijo.
Disparé. Fallé.
Lo siento.- dije.
Eres un puto desastre. ¿Cómo es posible que no le des a ninguna desde esta distancia?- gritó.
Empecé a llorar. Los gritos de mi padre siempre han surtido el mismo efecto en mí.
Esta vez dale a algo. No quiero perder el tiempo contigo.- me dijo.
Disparé de nuevo. Pero esta vez, no veía latas. Sólo veía su cara. Y esta vez, acerté.
¿Ves? No es tan difícil coño.- dijo mientras afilaba su cuchillo.
Esa noche no me dio una paliza. Aunque se la dio a mi madre porque la comida estaba un poco fría cuando llegamos a casa.
¿Recuerdas este revólver? Creo que tu mujer llegó a amenazarte alguna vez con él. ¿O fue al revés? Bueno, este no es el mejor momento para indagar en esos detalles ¿no crees? Sigamos donde lo habíamos dejado. ¿Qué te ha parecido tu hija? ¿Sabe igual que alguna otra que hayas probado? No, no lo creo. ¿Dirías que ha merecido la pena? ¿Dirías que ha merecido la pena sobrepasar el límite una vez más de este modo? Es lo único que te quedaba por hacer ¿no? Después de las vejaciones, las palizas y el constante temor al que le has tenido sometida. ¿Qué crees que pensara ella de ti en este momento? Ya has terminado de arruinar su vida. ¿Te sientes satisfecho? ¿Realizado? ¿Feliz? ¿Estás orgulloso? No hace falta que respondas. Te diré lo que yo creo. Creo que te sientes satisfecho, realizado, creo que te ha hecho feliz y no sé si estarás orgulloso, pero sé que recordarás esto el resto de tu vida.- digo.
¿Crees que ha merecido la pena?- pregunto.
Doy un trago a la botella de whisky. Se lo escupo en la cara.
Recuerdo que mi padre solía llevarme a hacer prácticas de tiro con latas. Siempre que ponía su cara en alguna de esas latas acertaba de pleno.- digo.
Me quito las bragas. Se las pongo en la cara.
Huélelas.- susurro.
Esta vez no voy a fallar. Esta vez no voy a tener que imaginar nada.- digo.
Apunto a su cabeza y aprieto el gatillo.
Cierro el maletero. Me meto en el coche. Doy un trago a la botella de whisky.
Esta es por follarme mal papá.- digo.
Me enciendo un cigarro. Me miro en el retrovisor.
I wanna do real bad things with you.- creo que he vuelto a acertar.
Círculo.
Marzo 28, 2009
Dos años sin verte. Casi. Pero dos años.
Dos años, sin vernos, en los que visitábamos lugares comunes en los que nunca coincidíamos. Hasta que un día me encontré con un mensaje tuyo en uno de esos lugares comunes. Venías a mi nueva ciudad a pasar unos días por asuntos familiares que no interesan a los ojos desconocidos que se paseen por aquí.
Tardé un día en llamarte. No estaba segura de querer verte. Hace tiempo que renuncié a todo lo que formó parte de una de mis siete vidas y que casi acaba con las otras seis. Desde entonces me encerré en mi misma. Rara vez salía de mi subconsciente. Hay veces en las que un doloroso recuerdo de un tenedor puede hacer que dejes de comer.
Tú formabas parte de ello.
Quedamos en el lugar en el que queda todo el mundo. A veces creo que hago este tipo de cosas para sentirme como una persona normal.
Fuimos a por tabaco y a uno de mis bares favoritos. Ese era el plan. Una copa y cada mochuelo a su olivo. Cigarros y tragos acompañados de anécdotas pasadas que me empezaban a hacer sentir incómoda. Y que obviamente nos acercaban cada vez más a ese tema.
Me miraste a los ojos. Se humedecieron los tuyos.
- Bueno, no sé si debo hacer esto, pero creo que ya ha pasado suficiente tiempo como para que no pueda afectarte en exceso. Es algo que llevo muchísimo tiempo queriendo decirte.
Mi corazón se aceleraba por momentos. La palabra “no” empezaba a viajar por todas mis neuronas. De un hemisferio a otro. Viajando a una velocidad dolorosa. Quemando ligeramente cada neurona con su sombra.
- Dime.
No sé cómo he sido capaz de decir eso.- pensé.
- Bueno, pues lo que te quería contar es que…
Me mirabas fijamente. Tus ojos seguían humedecidos. Intuí que mis pupilas habían cambiado de color, o algo semejante, porque no dejabas de mirarme.
Tengo que reaccionar.- pensé.
Todo lo que quería hacer era excusarme, levantarme, caminar lentamente hacia el baño y, una vez en él, gritar. Mucho. Y muy fuerte. Y luego quería vomitar. Y quería destrozarlo. Quería arrancar la puerta. La tapa del retrete. Darme de ostias con el espejo de pared. Y luego lavarme las manos, pintarme los labios y volver a sentarme a tu lado. Pero esta vez el hecho de imaginarme todo aquello fue más que suficiente para calmarme. ¿Me estaré haciendo mayor?- pensé.
- Bueno, gracias por contármelo.
- ¿Seguro? ¿No he hecho mal verdad?
- En absoluto. Tú querías contármelo y yo he accedido a escucharlo. No hay ningún problema al respecto.
En un principio habíamos quedado para tomar una copa. Eso era lo acordado. Cuando miré la hora por primera vez desde que había salido de casa, estábamos en un bar esperando a recoger unos bocatas para cenar. De camino a mi casa compramos cerveza.
Te presenté a mis compañeros de piso. Hablamos de otros idiomas, de grupos de música, de cine, de cuadrillas rotas por una necesidad fisiológica muy solicitada: follar.
Todo el mundo sabe, o debería saber, que cuando se empieza a follar, los mejores amigos se sustituyen por orgasmos. Negarlo sería todo un ejemplo de hipocresía.
Me preguntaste por el chico que salía en una polaroid colgada en mi pared.
Sonreí.
Nos fuimos a la calle que queda detrás de mi casa. Pedimos un vodka limón para ti. El camarero, un señor mayor de tasca de toda la vida, te puso un vodka cuya botella tenía una pinta horrible. Le dijiste que a ver si podía ponerte otro un poco mejor. El dijo que ese vodka no había matado a nadie mientras nos enseñaba la botella. El vodka se llamaba “Black Death” y tenía una calavera con sombrero de copa dibujado.
Fuimos a otro bar.
Nos jugamos las copas a los dados. Yo saqué un tres.
Seguro que tengo suerte porque hoy no voy a follar.- pensé.
Tú sacaste un 6.
No sé cuanto tiempo pasó hasta que decidimos pagar por entrar en una sala en la que no había estado nunca. Entramos mientras sonaba una versión dance del single estrella de ese grupo de asesinos que tanto éxito ha alcanzado. Fuimos hasta el fondo de la sala, donde se proyectaban unos audiovisuales de mierda. Hicimos sombras chinescas hasta que decidí ir a donde la dj a pedirle un tema de los prodigio. Me mandó a la mierda. Yo le insulté y me fui.
Copas y copas. Cigarros y cigarros.
Gente que me agarraba del brazo para intentar conseguir una mamada sin pagar.
Reventé un vaso.
Me bajé los pantalones un par de veces.
Hicimos cosas por las que creo que deberíamos ponernos la antitetánica.
Tú decidiste irte antes que yo. Yo me quedé con un tío al que no conocía de nada pero que estaba encantado de haber conocido a una mujer que pinchara música en una sala. Decía ser fan de la música electrónica y no conocía a Daft Punk.
Bueno, dentro de lo malo me da de beber.- pensé.
Me preguntó que estudiaba.
- Idiomas.
- ¿Y viajas?
- Procuro hacerlo.
- ¿Cuál es tu próximo destino?
-
- Ostia, que guay. ¿Y conoces algo del lugar o vas a la aventura?
- Conozco algo. Estuve hace un mes.
- ¿Y vas a volver tan pronto otra vez?
- Sí.
- ¿Y vas tú sola?
- Sí.
- ¿Y qué vas a hacer esta vez?
- Perdona, no te he oído bien.
- Que a qué vas esta vez.
Me quedé en blanco.
Cogí mis cosas y fui al baño. Estuve un minuto escaso en él. Salí. Miré a mí alrededor. Estaba sonando ese tema de la banda sonora de Trainspotting que tanto me gusta. No conocía a nadie. No sabía dónde estaba la salida. Había un par de tíos que me estaban preguntando cosas que yo ignoraba con muy poca educación.
- ¡¿Pero a ti que ostias te pasa!?
Una mujer me acababa de cruzar la cara.
Vale, ya me he espabilado. La salida es por ahí.- pensé.
Salí de la sala corriendo.
No sé cómo llegué a casa.
Ni siquiera sabía que había escrito un par de mensajes en el móvil. En uno, puse fin a una de las cosas que más aprecio de mi vida y, en el otro, volvía a cagarme en tu puta vida por haber aparecido en la mía.
Una vez más, envíe el que no debía.
Love of the loveless.
Febrero 27, 2009
Me siento. Últimamente acabo así todas las noches de fiesta. Sentada en algún rincón viendo cuerpos que no son el mío frotarse con otros que tampoco son el mío. Viendo como siguen, o intentan seguir, el ritmo de la música. Viendo como algunos convulsionan por sus vómitos. Viendo ojos ajenos clavar la mirada en otro par de ojos ajenos. A esas horas de la noche nunca me ha resultado muy difícil tratar de adivinar cual es la estrategia que ha elegido el cuerpo, digámoslo así, (a) para intentar follarse al cuerpo (b). Cada vez estoy más segura de que el ingenio tiene un horario comercial como el de la carnicería del barrio.
Doy un trago a mi copa. Quito dos hielos. Odio que me pongan tantos hielos, sólo sirven para complicarme el beber, y según avanza la noche ese asunto me lo dificulto yo a gran velocidad. Me enciendo un cigarro. Gloriosa calada. La primera siempre es la mejor.
Esta noche mis ojos se posan en él.
Baila solo. Creo que siempre ha bailado solo. Al menos fuera de una cama. Puedo sentir los bits de la música a todo volumen fluyendo por su torrente sanguíneo. Me gustaría hacerle una radiografía ahora mismo, mientras baila. Seguro que podría ver los loops de la música viajar desde su cerebro a la punta de cada uno de sus dedos corazón. Sacudiéndole con cada movimiento. Haciendo que la adrenalina viaje por su cuerpo poniéndole todos los pelos de punta.
Doy otra calada. Otro trago. Vuelvo a posar mis ojos en él.
- No sé muy bien qué me está pasando.
- ¿No recuerdas cuando empezó todo esto?
- Hace tiempo que perdí el interés por las cosas, pero supuse que era porque todo me parecía igual. Ya sabes, la mierda de la monotonía. No le di mucha importancia entonces. Pero hoy, hoy, me he dado cuenta de que es algo más serio que simple aburrimiento. Es un, es… Puto desencanto. Con todo. Con todos. Conmigo.
- ¿Quieres un cigarro?
- ¿Mentolado?
- Sí.
- Vale.
Saco mi pitillera. Enciendo un cigarro. Se lo doy. Enciendo otro. Dos caladas gloriosas en menos de un minuto. Quizá hoy haya sido mi día de suerte.
- No quiero que te ofendas, ni que te lo tomes a mal. Yo te quiero. Probablemente seas la persona a la que más quiero. Y me gustas. Estás buena. Pero ni siquiera tú eres suficiente para mí. No eres lo que quiero.
- Se te ha apagado el cigarro. Dame.
Cojo su cigarro. Saco mi mechero del bolsillo de mi vestido. Lo enciendo. Doy una calada. Succiono. Como hago en el momento clave de una buena mamada. Gloriosa. Sí. Este debe haber sido mi día de suerte.
- Toma.
- Gracias.
Me mira fijamente a los ojos. Por primera vez en mucho tiempo están vacíos. Ni siquiera veo mi reflejo en ellos. Son vidriosos. Creo que ha decidido quedarse ciego.
- En serio. No te ofendas ¿vale? Eres una persona muy importante para mí. Pero siento que no me llenas lo que necesito. Ni tú, ni nadie. Se que no me puedo quejar. Tengo una familia que me quiere, tengo amigos, te tengo a ti, … Pero no es suficiente.
- Creo que este sería un buen momento para regalarte esa camiseta que dice “Hugh a rock”.
- No te ofendas, ¿vale?
- Tranquilo. Lo entiendo.
- ¿Lo entiendes?
- Claro. Pero eso no significa que ahora mismo vaya a decir algo que te solucione, o te ayude a solucionar, tu problema. No hay nada que pueda decirte. A mí nadie me supo decir nada, y sobreviví. Si es que lo que hago es sobrevivir. Yo más bien creo que es agonizar, pero bueno, soy una persona que perdió toda expectativa el día de su primera regla.
- De todos modos, pese a todo lo que te he dicho, me alegro de haberte conocido, de que estés conmigo. De que hayas vuelto.
Me gustaría ir a bailar con él, pero esta no es la mejor ocasión para hacerlo. Este es su momento. Y esta es su canción. Hace sólo unas horas que ha comenzado a precipitarse al vacío. Con su propia banda sonora, que le hace notar el palpitar de los bafles en cada uno de sus poros mientras los cristales de la bola de discoteca que está girando en el techo se lanzan a por él.
No sabría decir cuanta gente hay hoy en la sala. Quizá cien, contando el personal y los que estén follando o vomitando en el baño. Pero ahora mismo, para mí, todo se ha ralentizado un poco. Como en las películas. Ahora mismo sólo estamos yo, los abrigos apilados que hay a mi espalda, mis colillas cerca de mis zapatos y él.
Doy un trago. Me enciendo otro cigarro que me sabe a glorioso cáncer. Me gustaría citar a Raoul Duke definiendo a su abogado, el Dr. Gonzo, pero estoy demasiado borracha para acordarme de todo con exactitud. Todo lo que puedo pensar mientras le radiografío los bits que golpean fuera de control su esqueleto es que ese chico que baila solo, que probablemente siempre haya bailado solo al menos fuera de una cama, y que hace unas horas que se ha dado cuenta de que cuando aprendes a ser autosuficiente te ves abocado a la insuficiencia más absoluta es un superhéroe nihilista.
Sí. Un superhéroe. Y sí. Nihilista.
Pródromo.
Enero 12, 2009
No es fácil escribir palabras que duelen. A veces la unión ordenada de letras puede ser como utilizar la mano de alfiletero.
A menudo piensa que el hecho de no pararse a retratar en la moleskine con su bolígrafo negro de punta fina un hecho doloroso hará que ese hecho se le olvide antes. Que deje de latir ese pequeño corte entre sus dedos. Que se desvanezca el escozor que tan sólo perpetúa la agonía. Pero nada más lejos de la realidad. Siempre lleva su pequeña moleskine y su bolígrafo negro de punta fina encima.
Cualquier persona corriente podría pensar que es una contradicción.
A menudo piensa que si supiera coser haría cuadros de punto de cruz en los que se pudieran adivinar con un rápido vistazo el momento en el que su corazón sonó a cristales rotos contra el suelo por primera vez, el momento en el que su corazón sonó a cristales rotos contra el suelo por última vez, cómo era el banco en el que esperaba que le explicara porque había dejado de quererla, cómo era el último tren que cogió con alguien a quien se lo había dado todo, cómo era la estación en la que solía esperar a la persona que le hacía feliz, etc. Bukowski retrató una vez a una mujer que llevaba cosidas todas sus desgracias en el bajo de su falda. Ella lleva todas sus desgraciadas trazadas en el papel de su pequeño cuaderno.
Cualquier persona corriente tan sólo vería aquí una comparación que pretende reflejar los efectos de la globalización.
Nunca numera las páginas de su cuaderno. Una minúscula fecha en la parte superior derecha es la encargada de dar paso a pequeños dardos afilados que unidos entre sí dan lugar a insoportables situaciones retratadas con elegante delicadeza. Siempre ha sido fan de los grupos musicales que le hacían bailar con ritmos alegres y letras que reflejaban diversos tipos de derrotas sentimentales. Siempre ha creído que alegrarse de haber perdido algo era una maravillosa sensación que poca gente es capaz de experimentar. Ella es capaz de alegrarse cuando pierde algo porque eso significa que en alguna ocasión ganó algo.
Cualquier persona corriente vería aquí a una Marilyn Monroe con conocimientos ortográficos suficientes para dejar constancia de las razones que le han llevado a suicidarse.
La mayoría de la gente utiliza su cerebro como un almacén de detalles horrendos cuyas estanterías van de la D de desgracia a la S de sufrimiento. Para ella, ese almacén es su pequeño cuaderno negro. Su cerebro es un almacén de sensuales amaneceres tardíos.
Cualquier persona corriente vería aquí a una chica que no piensa en los devastadores efectos de la tala masiva de árboles.
Cualquier persona especial vería aquí a Henry Chinaski pintándose de rojo las uñas de los pies en el cuarto de baño mientras el casero le grita al otro lado de la puerta que le debe tres meses de alquiler.
Incubation.
Diciembre 19, 2008
19:00
- Follar significa algo. Sin duda, para que sea hermoso debe haber misterio.
- Cuando hay otras personas de por medio siempre hay misterio.
Lleva todo el día acariciándose el labio superior con la lengua. Sale al pasillo. Se mira en el espejo. Es una pequeña herida, de color rojizo. Se mira a los ojos. Aparta la mirada. Vuelve a su cuarto. Se pone la cazadora, coge las llaves y la tarjeta. Sale de casa. Se mete en el ascensor.
Ocho.
Siete.
Seis.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Dos.
Uno.
Cero.
Abre la puerta y sale a la calle.
Camina unos metros hasta meterse en el cajero. Contraseña. Retirar dinero. 10. No. Coge el dinero y sale.
Primera parada el estanco.
Dos paquetes de tabaco y un chupachups.
Segunda parada el súper.
Zona vegetal. Nada.
Pasillo droguería. Salsea los condones. Tiene que ir mentalizándose de que en breve tendrá que empezar a comprarlos si quiere follar sin poner en riesgo su precaria salud.
Con lo que me gusta follar, ahora voy a tener que empezar a racionarme los polvos en función de los condones que me queden en la cartera. Joder…- siempre le ha disgustado hacer cálculos.
Pasillo limpieza. Nada.
Pasillo bebidas alcohólicas. Nada. Hoy se prostituirá un poco por copa.
Ostia. El señor corte de pelo y traje caros.- sí, y va con una mujer que lleva un niño en un cochecito.- Errr…- hay cosas que no cambian, como por ejemplo, el pensar en vez de actuar.
Pasillo bebidas no alcohólicas. Un par de coca-colas que no salen de la puta arandela de plástico.
- Hola.
- Hola.
- ¿Cómo vas? ¿Has acabado con Rant?
- Sí.
- Mmm… Quizá podríamos quedar para, no sé, alucinar cúspides juntos, y…
- Tengo la rabia.
- Entiendo.
Caja rápida. Un euro con algo. Coge los cambios, mete las latas en una bolsa y sale.
Cruza la calle. El tranvía casi le atropella. Llega al portal. Mete la llave. Pulsa el botón. Cinco, seis, siete segundos. Abre la puerta. Ocho. Se ilumina.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Mete la llave. Abre la puerta. Se mete en su cuarto. Deja la bolsa con las latas en el suelo. Se sienta en el borde de su cama. Se desabrocha la cazadora. Saca un paquete de tabaco. Se enciende un cigarro. Mira al frente. Se acaricia la nuca. Mira al suelo. Da una calada. Expulsa el humo con particular tranquilidad. Mira al techo. Da otra calada. Se levanta. Se quita la cazadora. Se sienta en la silla. Mira la hora.
Tengo que empezar a comprar condones.- propósitos de año nuevo antes de año nuevo.
19:33
Nunca estaremos a la altura de Kubrick.
Noviembre 25, 2008
Trato de recordar pero no puedo.
A menudo me repito. Siempre con estúpidas historias. Pero nunca suelo repetir lo que pienso de verdad. Procuro reservarme para mí las cosas que de verdad me importan.
Trato de recordar, pero no puedo.
¿Por qué ninguno fue capaz de decir lo que pensaba de verdad? Probablemente la historia hubiera cambiado. Las variantes son infinitas. Se me ocurren miles de situaciones derivadas de una conversación que nunca llegamos a tener. Mentir siempre es la solución más rápida.
Trato de recordar pero no puedo.
Ocultar algo siempre ha sido más fácil que afrontarlo. Eso lo sabemos bien todos los que nos enorgullecemos de mentir a la perfección.
Trato de recordar.
Lo bueno de una historia, mediocre o increíble, es que siempre puedes modelarla a tu antojo. Lo único que hace falta es que no haya nadie que conozca los verdaderos hechos rondándote. Lo maravilloso de una historia humillante es que siempre puede ser transformada en una historia heroica. Tan sólo hace falta imaginación. A veces ni eso. A veces sólo hace falta tener labia y empezar a hablar. Las palabras fluyen, la historia alterna altibajos que captan la atención del público impidiendo que se distraigan. Tan sólo escuchan. No te analizan. Tan sólo te escuchan. Y nadie se para a pensar en que es imposible que un perdedor como tú haya podido inventar una alternativa al café.
Trato de recordar pero no puedo.
Es la primera vez que puedo contar una historia verdadera de amor. Experimenté una en la realidad, pero no me gusta hablar de ella. Y si lo hago, siempre miento en algo. Prefiero contar la vez que me pagaron por mear a un tío en la boca.
Trato de recordar, pero no puedo.
Hace tiempo que decidí elegir sin siquiera darte la opción de tomar parte en una decisión que te afectaba. Siempre he sido egoísta. La cuestión es que yo elegí por los dos. Lo que yo quería. Lo que tú no querías. Hoy es el día en el que tú sigues pagando por ello. Hoy es el día en el que yo pienso que quizá me equivoqué. ¿De qué sirve plantearse todo esto ahora?
Trato de recordar.
Crees que vas a acabar formando parte de mi memoria como una discordia cuya historia se cambie a placer del narrador. Crees que eres un gran perjudicado de mi vida.
Trato de recordar, pero no puedo.
Crees que no soy capaz de entender que haya alguien que me quiera y que intente hacerme feliz sin un motivo, sin un porqué. Crees que deberías mandarme a tomar por el culo. Crees que deberías dejar de plantearte si te mereces esto y empezar a plantearte si yo me merezco que te pase esto. Necesitas encontrar una manera única para considerar erróneo todo lo que viste en mí, todo lo que te hice sentir, todo lo que te hice imaginar. Necesitas encontrar la manera de eliminar todas las probabilidades derivadas de algo que nunca llegó a suceder.
- Dímelo por enésima vez.
- No puede ser.
- Esta es la última vez que te voy a decir que te quiero.
¿Cuándo fue la última vez que esas dos palabras significaron algo para mí?
Trato de recordar, pero no puedo.
Cuelgo. Me quedo mirando unos segundos la pantalla hasta que esta se oscurece. Sé quien era quien llamaba unos minutos antes. Pero no lo puedo decir. Y él tampoco puede al parecer. Odio la comunicación cuando no se hace uso de ella.
Miro por la ventana. Me guardo el móvil en el bolsillo derecho de mi cazadora. Suspiro. Paseo mi mano izquierda por mi nuca. Saco mi paquete de tabaco. Lo abro. Acaricio el filtro de un cigarro.
- ¿Sabes cuántos segundos tarda en activarse la alarma si detecta humo?
- ¿Perdona?
- Nada. No he dicho nada importante.
- Ah, ok.
- ¿Me haces sitio?
- Ah sí, claro, perdona.
Aparto mi mochila. La coloco sobre mis piernas. Abro el bolsillo pequeño y guardo en el mi paquete de tabaco, al que miro como diciendo adiós por última vez. Es curioso como un adiós puede suponer tan sólo sesenta minutos de abandono o todos los minutos del resto de una vida. Saco mi libro. Un libro que cuenta una historia que estoy deseando acabar pese a saber que cuando lo haga habré perdido a uno de mis mejores amigos. De todos modos, si lo pienso bien, no debería dolerme su pérdida, Rant está muerto desde la primera línea.
Me está mirando. Tiene los ojos marrones, de color miel. Su corte de pelo tiene pinta de ser caro pese a su escasa complejidad. Igual que su traje. ¿Hombre de negocios? ¿Abogado? ¿Comercial? No por favor. Comercial no. ¿Testigo de Jehová? Eso si que no. Por favor. Por favor. Me estoy inventando en cuestión de segundos la vida de alguien a quien conozco por primera vez cuando soy incapaz de inventarme una idea, una historia, un acelerador de sándwiches y una fórmula capaz de superar el algoritmo de la coca cola. Soy mi perfecto fracaso.
- ¿Ocurre algo?
Me sonríe. Mete su mano derecha en la funda de su portátil. Saca un libro. El mismo libro que estoy leyendo.
- Aún no conocía a nadie que leyera a este gran hombre.
- Pues en internet hay una web en la que se le rinde culto pagano. Quizá no hayas buscado suficiente.
- Puede ser. De todos modos nunca se lo he recomendado a nadie. Te vas a reír de mí, pero es que siempre he pretendido que fuera un amor en secreto.
Sonrío. Tiene gracia como lo ha dicho. No creo que sea testigo de Jehová. Siendo fan de quien es, y cómo dice serlo, probablemente sea alguien que repara sandwicheras. ¿Le planteo mi proyecto de crear el mayor acelerador de sándwiches?
- ¿Por dónde vas?
- Rant es el médium de los coños.
- Vaya, yo me he enterado de eso esta misma mañana.
Me mira fijamente a los ojos.
- ¿Qué… qué pasa?
- ¿Dirías que es uno de tus escritores favoritos?
- Sí.
- Entonces puedo decirte lo que estoy pensando.
- Dime.
- Creo que eres la única persona que he visto en mi vida a la que le sentaría bien tener la mandíbula inferior colgando.
Suelto una pequeña carcajada.
- ¿No te vas a asustar? ¿No me vas a gritar llamándome paranoico? ¿O puto loco de mierda?
- Esa historia fue la primera que leí y desde entonces sé que si algún día por algún casual perdiera mi mandíbula inferior podría hacerme amiga de un transexual y un adicto a los fármacos con los que irme de viaje por la ruta 66 en un descapotable.
- Yo soy adicto a los fármacos.
- Ya sólo nos queda el transexual con labios azul plumbago y el descapotable.
Sonríe. Sonrisa cómplice diría yo. Paseo mi mano izquierda por mi nuca mientras el sigue mirándome fijamente a los ojos.
Nos bajamos. Caminamos bajo la lluvia por una de las calles más largas de la ciudad. No dice nada. No digo nada. Seguimos caminando bajo la lluvia. Saco las llaves de mi bolsillo derecho. Abro la puerta. Nos metemos en el ascensor. Botón ocho. Suspiro.
Uno. Me mira fijamente a los ojos con sus ojos marrones.
Dos. Le miro fijamente a los ojos con mis ojos marrones.
Tres. Sonríe.
Cuatro. Sonrío.
Cinco. Me acaricio la nuca con mi mano derecha.
Seis. Me acaricia la nuca con su mano izquierda.
Siete. Me susurra algo al oído.
Ocho. Meto mi llave en la cerradura. Levanto la cabeza. Me giro.
- ¿Eres reparador de sandwicheras?
- Sí. Claro. Por que no.
- Entonces eres quien estaba buscando.
- ¿Por?
- Quiero crear el mayor acelerador de sándwiches de la historia y necesito alguien que sepa de sandwicheras.
- Pues entonces tienes razón. Soy quien estabas buscando.
Giro la llave. Abro la puerta. Le arrastro a mi habitación. Dejo mi mochila en la mesa. Tiro mi chaqueta al suelo. Corro el pestillo de mi puerta. Sonríe.
- Quítate las bragas.
- ¿Te importa si fumo?
- No.
- Estupendo.
- Quítate las bragas.
- ¿Vas a adivinar mi día con tu lengua?
- Voy a robarte la fórmula del acelerador de sándwiches.
Una cosa era segura: ninguno sabía ya cómo vivir.
Noviembre 7, 2008
Te acercas a mí con rapidez. Tus brazos se apoyan en mi cuello y tu nuca está cerca de mi boca. Empiezas a llorar. Dices que ya no te quiero. Dices que ya no te toco. Dices muchas cosas. Hablas deprisa. Sólo soy capaz de quedarme con los detalles. Sollozas. Convulsionas. Sigues llorando. Yo miro el libro que tenía en la mano. Lo único que quiero es seguir leyendo y subrayando cosas que me hagan reír o llorar. ¿Debería preocuparme por mi falta de interés? ¿Debería plantearme si quiera a qué se debe este desencanto? ¿Debería tratar de fijar la fecha en la que comencé a perder la ilusión por nosotros?
Di algo, por favor…- dices con voz entrecortada mirándome a los ojos.
El Papa lleva chancletas de oro y vive en una cueva desde la que controla el tiempo meteorológico. La gente atropella perros que luego mete en bolsas de basura que más tarde abandona en cunetas de carretera. Tres espejos superpuestos te dirán la verdad sobre ti mismo y es probable que después debas saltar desde un tercer piso a un pequeño bidón de vino para sumergirte dentro y limpiar así tu alma una vez que hayas conseguido separar el líquido del color rojo. El color de tu piel lo determina la sombra en la que vivas. La muerte se vende en Zara. Si no puedes pagarte una vida se te asigna una de oficio. Tu número de serie se encuentra en tu bazo. Tus hazañas son gloriosas cuando no tienes nada más que contar que a nadie. Eres miserable cuando no sabes que calcetines ponerte. Tu estómago no es vegetariano. No hay nada más allá del fin de tus dedos. Tu odio te define como humano. El amor te hace menos humano.- pensar siempre ha sido la mejor excusa para no actuar.
¡Di algo joder!- replicas entre lágrimas.
Me he tirado a Paris Hilton en su coche.- digo fríamente.
Me miras con odio. Te apartas con brusquedad. Yo cojo mi libro y mi lápiz y sigo subrayando cosas que me hacen reír o llorar. Tú empiezas a recoger todas tus cosas. ¡Qué escena! Yo me río y subrayo mientras tú, sollozando, metes tus calcetines y calzoncillos en la maleta. ¿Cómo se podría definir esta situación?
¿Sabías que en Middleton los perros dormidos siempre tienen paso preferente?- pregunto.
¿Sabías que sé que te comes los mocos?- preguntas antes de cerrar la puerta que no vas a volver a abrir nunca más.
¿Debería reírme o llorar por ello?- pensar sigue siendo la mejor excusa para no actuar.